ESTAMPADOS

ESTAMPADOS
Siempre tuve la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta.

Caminando...

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Caminábamos juntos. Recuerdo que entre pasos cortos nos tomábamos de las manos y algunas veces hasta cruzábamos nuestras miradas regalándonos una sonrisa tenue, ligera y nerviosa. Hablábamos tonteras, estupideces como acostumbrábamos desde que estábamos juntos, hace dos años y nueve meses. Parecíamos dos pequeños niños jugando. Por momentos me enojaba y detenía el paso; tú corrías hacia mí. Corrías, me abrazabas, me besabas y me hacías continuar a tu lado. La gente que pasaba a nuestro lado nos miraba; “que felices se ven”, debieron pensar. Sí, qué felices.
Estábamos a punto de cruzar; de hecho cruzamos la calle. Yo me molesté, me quedé atrás esperando como siempre que volvieras a mi encuentro. Después de unos segundos notaste mi ausencia, te devolviste caminando, sin pensar en nada, sólo en mí. En fin, eso era todo lo que quería; que sólo importará yo. Cerré los ojos y tapé mis oídos mientras esperaba tu llegada. Cuando los volví a abrir por causa del maldito estruendo que tanto me asusto, te vi en el suelo; tirado. A tu lado había un inmenso charco de sangre y un señor con cara de terror dentro del auto que mato tus sueños y los míos.

Si, ahora que lo pienso, eso fue todo lo que vi.

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